M estaba perdida, en medio del campo, corriendo sin rumbo fijo, asustada porque alguien la seguía. Pese a todo el paisaje era bonito, estaba amaneciendo y en la lejanía se perfilaban los colores del amanecer, más claros en la línea del horizonte y aún oscuros a su espalda.
Corría por un camino entre campos, torciéndose de vez en cuando un tobillo al apoyar el pie en alguna irregularidad del suelo lleno de desniveles y huecos. Las hierbas del camino estaban húmedas por el rocío y M se estaba mojando los pies al pisarlas. Pero no dejó de correr, tenía miedo a que la alcanzaran.
No podía ver a sus perseguidores, pero los presentía cerca, ocultos en cada matorral. Llegó a un cruce de caminos y eligió el de la derecha. Mala elección, unos metros más allá el camino se acababa. No quiso retroceder, lo consideró demasiado arriesgado, así que siguió corriendo campo a través, pero más despacio y con mayor riesgo de torcerse un pie. Cuando se acabó la parcela no le quedó más remedio que retroceder, mirando con cien ojos a cada lado por si sus perseguidores aparecían. ¿Los habría conseguido despistar? No veía a nadie a lo lejos.
Siguió corriendo y huyendo, pero no tenía mucho fondo y al final se paró y caminó. Después de todo hacía tiempo que no veía a nadie, quizás ya no la seguían.
Un pequeño cartel le llamó la atención, indicaba un sendero hacia un pueblo vecino. Se metió por él. Nada más tomar el sendero se arrepintió, era el lugar perfecto para una emboscada. Estrecho, sin salidas por las que huir, y con poco transito de personas. Pero continuó andando y lo atravesó sin que pasará nada.
Después decidió atravesar una propiedad privada sin vallar. Era salir a campo abierto, exponerse a ser descubierta, pero se arriesgó porque al otro lado se veía un bosque espeso en el que esconderse.
Una vez en el bosque se sintió más tranquila, además el lugar era bien bonito y se dedicó a investigarlo. Había altos árboles que ensombrecían el lugar, algunos troncos caidos, guaridas de pequeños animales como liebres y multitud de cuervos en los árboles. El graznido que emitían estos últimos no tranquilizaba a M, que imaginaba los grandes y duros picos que tienen estos animales. Pero ninguno se acercó a ella, se contentaron con sobrevolar de rama en rama sobre su cabeza.
De repente oyo ruidos. Alguien se acercaba frente a ella. Un perro furioso apareció entre los árboles ladrándole y avanzando hacía ella. Se quedó quieta, mirándolo y lamentando no haber cogido ninguna de las ramas caídas que podían haber servido de apoyo para el camino y de defensa en estos casos.
El perro paró a dos metros de ella sin dejar de ladrar ni de mirarla. Ella también le miraba pero no se movía, mientras evaluaba infinidad de posibilidades de defensa en su cabeza si el animal decidía finalmente atacar.
Al poco tiempo, aunque a M le pareció una eternidad, aparecieron unos viejos cazadores que llamaron al animal. El perro no obedeció ni dejó de mirarla o ladrarle, pero se movió ligeramente hacia ellos y M avanzó para superarlo. También superó a los cazadores a los que saludó educadamente.
Los cazadores y su perro quedaron atrás y el sonido del bosque volvió. Ya no había ladridos ni conversación de personas, sólo crujido de hojas y ramas bajo sus pies y graznidos de cuervos de vez en cuando.
M se preguntaba si no andaría caminando perdida, dando vueltas en círculo, cuando vio entre los árboles que el bosque se acababa de nuevo. Salió a un campo de cultivo labrado, limpio de plantas. De nuevo quedaría expuesta a ser descubierta, pero ¿aún la seguían?
Atravesó el campo y llegó a un pequeño pueblo. Reconoció las casas, la pequeña iglesia con su cementerio rodeándola, y la cerca del caballo de su vecino.
Por fin estaba en casa. Se alegró y se sintió tranquila por primera vez en toda la mañana. Se regaló una ducha caliente, se envolvió en una manta acurrucándose en el sofá y se relajó.


Querido lector, esta historia está basada en una salidita a correr que hice en Reino Unido. ¿Qué te ha parecido? Me gustaría conocer tu opinión. Un abrazo.
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